Retazos de Memoria-El ITIDA
Ayer, un excompañero de colegio nos llamó “ItiDamas” confieso que me encantó el término, aunque en los noventa éramos simplemente “las niñas del ITIDA”: unas niñas que, a los doce años, iniciaron su secundaria en una escuela técnica, tradicionalmente masculina. Asistíamos en doble jornada para aprender el nombre y uso de las diferentes llaves de mecánica (Boca, tubo, Allen, fijas, estrella, combinada) las clases de metales, cómo realizar un circuito eléctrico, cortar varillas para fabricar un candelabro, encender un torno Romi y una fresadora, afilar un buril (grafilar, moletear), hacer piezas de dibujo técnico en jabón, dirigir y actuar en las izadas de bandera… y lo más asombroso para la época: ver un horno de fundición encendido y luego usar ese metal para crear la nomenclatura de nuestra casa.
Pero lo mejor, sin duda, era recorrer el colegio durante las dos horas libres que teníamos a la semana, mientras nuestros compañeros sudaban bajo el inclemente sol en la clase de educación física. La nuestra y aquí viene lo mejor era los sábados: iniciaba a las 7:00 a.m. en la cancha de voleibol con el profesor Henao y terminaba, casi siempre, en la casa de Ana Graciela Martínez Pardo, cerca del mediodía.
Como dice Gabo, “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Hoy acudo, entonces, a los retazos de mi memoria.
El año que más disfruté fue séptimo. Fui la única niña del curso: la consentida. Para entonces ya era reconocida por dos grandes razones: ser la hermana de Ruchy M. Mc y ser una de las niñas más altas del colegio. Pero la culpa no era mía, sino de mis largas piernas… y de mis 42 compañeros que llegaron a noveno sin crecer mucho. Hoy, al recordarlos, pienso que tal vez fui yo quien careció de visión proyectiva. ¿Qué podía hacer? Tenía 14 años y nunca aprendí a sacar vistas.
La verdad es que pasamos la adolescencia queriendo crecer… y luego toda la vida recordando lo que vivimos en ella.
Del ITIDA me queda la dicha de jugar voleibol hasta el cansancio, la habilidad de hacer planchas de dibujo tan perfectas que ni siquiera se notaban las marcas del compás porque eran copias fieles, casi siempre de Geova o Yader. El patacón con queso en el descanso, la limonada y el mango de la puerta, las travesuras en la biblioteca (especialmente en tiempos de evaluaciones), los bazares y las minitecas, las clases de taller, las conversaciones interminables bajo el puente, las excursiones, las fiestas en casa de Ana o Eldiov Díaz al son del Grupo Niche y Joe Arroyo.
Me queda también la exigencia de profesores que supieron ver en nosotros lo que podíamos llegar a ser y sí, que nos exigían, los consejos, los regalos y los cuidados de mis amigos y compañeros, los poemas y cartas que escribía para sus novias… y, sobre todo, el sabor de una amistad verdadera, de esa que trasciende el tiempo y la distancia.


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