viernes, 4 de enero de 2013

El Poder de la Gratitud


Hace unos días mientras hacía maletas para regresar a Bogotá  después de unas merecidas vacaciones en mi querida Barranquilla, encontré una caja de cartón decorativa que  había llevado con algunos objetos  para el viaje,  la cual me pareció muy linda y no quise tirar a la basura. Así que, llamé a una de mis sobrinas y se la entregué,  al tomarla en sus manos, la observó, luego me regaló uno de esos abrazos que expresan más que sus palabras y me dijo “Gracias Tía”. Su actitud de agradecimiento hacía mí y el aprecio  que le otorgó  al obsequio que  para otra persona podría ser de muy poca valía, me llevó a meditar en torno a esa palabra que pienso lleva inmersa en sí misma un poder especial y es “Gracias”.

Quienes se han dedicado a estudiar sobre la gratitud la llamaron  “La ley de la cosecha” y es que cuando somos verdaderamente agradecidos, es como si sembráramos una semilla que no sabemos cómo ni cuándo germinará. Al inventariar mi vida un día advertí  que  aquellas bendiciones por las que más agradezco nunca me han faltado y por el contrario cuando  me preocupo, afano, pido demasiado, quejo o dejo que la desesperanza se apoderé de mí por aquello que deseo y no tengo lo único que logro es atribularme.

Hace algunos años viví una experiencia que tiene mucho que ver con el agradecimiento y sus consecuencias. Fue una época muy difícil en su momento y aunque tenía mucho por lo que agradecerle a la vida, no lo hacía y centré mi pensamiento, esfuerzos y emociones en todo lo que no había llegado y quería. Pasé meses pensando en el futuro y mirándolo de la manera más trágica que alguien tan dramático como yo puede hacerlo. La consecuencia fue una enorme amargura interior, puedo decir que no disfrutaba de nada, ni de mi familia, trabajo, amigos o sencillamente de las bondades que cada día me regalaba. Una noche conversando con un amigo en la terraza de mi casa,  me dijo que en la universidad le habían pedido que leyera un libro llamado “El presente” yo lo desconocía, él me lo trajo y tardé muy poco en terminar de leerlo, pero  menos en reconocer que mi actitud me estaba haciendo daño. Así que establecí aspectos por mejorar y uno de ellos fue agradecer frecuentemente por detalles  pequeños y sencillos de los que podía disfrutar  como:  percibir la brisa al caminar por la calle, escuchar, llegar a casa y encontrar a mi familia, tener un lugar en el cual trabajar, ser el medio para enseñar a los niños, sentir el agua en mi cuerpo, disfrutar de los sabores, contar con alimento diario, tener la lluvia, los rayos del sol, la compañía de mis hermanas, un lugar para dormir, etc. Nada de esto se lo pedía a Dios y todos los días lo tenía, así que el agradecer por ello trajo consigo no sólo la paz si no la  confianza que necesitaba para asumir mi presente como un regalo y llenar mi vida de  esperanza en lugar de desesperación.

En esta tierra hay de todo y para todos, si nos detenemos a mirar todo alcanza, desde el cielo que nos cubre, los árboles que brindan sombra, las flores que crecen sin que se lo pidamos… en fin… “Hay de todo y para todos” cuando pensamos de esta manera dejamos de darle cabida al egoísmo y en su lugar la gratitud  florece al contemplarla en  todas las bendiciones con las que contamos  sean grandes o tan pequeñas  como una caja decorativa de cartón, porque de ellas nos  servimos diariamente.

 Que conservemos en el transcurso de éste nuevo año esos sentimientos que trae la navidad y que nos conducen a dar  de diferentes formas de acuerdo a nuestras creencias a los seres que nos rodean, que contemos con la actitud de recibir para ponernos en la frecuencia de nuestros deseos, porque todo lo que deseamos puede llegar, que regalemos desde nuestro pensamiento bendiciones a quienes nos rodean los conozcamos o no  y que sigamos tomando de la mano a la gratitud para que con su maravilloso poder siga manifestándose en nuestro camino .  

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