Tributo a un gran amor


Hoy recuerdo el perfume de mis vacaciones, el olor a guayaba en el patio de

mamá, donde mis primos, hermanas y yo corríamos sin parar. Me encuentro con

el color de la cayena, ellas rojas y muy brillantes adornaban el patio de Mayo, sí, ese que fue testigo de nuestras travesuras y en el que año tras año crecimos sin darnos cuenta.


Busco en mis recuerdos y hallo el olor de la leña y también su cantar, el aroma bajo el árbol de tamarindo en casa de mi tía Rosa, el mismo que en calurosos días con su sombra nos acogía en reunión familiar, la esencia de la mazorca cocida con la que mi tío Tico tradicionalmente nos recibía en su hogar y también la deliciosa fragancia a arena mojada, esa misma que en estos tiempos debido al asfalto poco se percibe.

Continúo buscando en mis sentidos y siento el amor hacia ese pueblo hermoso donde nací, sí, ese del que mi papá habla y sus ojos se llenan de lágrimas, el que yo de niña en vacaciones recorrí. Hoy recuerdo a El Carmen de Bolívar, el mismo de Lucho de Bermúdez y del que yo les voy a compartir.


Al llegar a Gambote empezábamos a vivir su magia particular, cuando al abordar un Willys seis cilindros sus calles recorríamos. Al arribar a nuestro destino unos brazos cálidos nos recibían, en sus ojos lágrimas de alegría y palabras entrecortadas de emoción. Al pensar en ella, en esta tarde, cuando las sombras

de los años embalsaman mi pensamiento, no puedo evitar imaginar su ansiedad, el anhelo de prepararlo todo, el deseo por vernos llegar. La tía para unos, cuasi mamá para otros, pero para mis hermanas y para mí simplemente

“Mayo”, ella fue la heroína de mis “años maravillosos”, nombre de un programa de televisión que hoy con el paso de los años comprendo; no es que ella sienta el peso de los años, solo que valoro lo que tengo mirando atrás.


La conocí cuando su edad llegaba a los sesenta años, emprendedora, impetuosa, elegante, distinguida y con una caligrafía estilo palmer que cualquier profesora de preescolar, envidiaría. Así era “Mayo”, visitarla fue nuestro plan vacacional por más de década y media, con actividades de rutina que semestre tras semestre se repetían. No había nada más especial que llegar a su casa, si la visitara nuevamente creo que escucharía el

eco de nuestras risas, me vería aprendiendo ortografía, jugando con mis primas, haciendo vestidos para las muñecas, organizando bautismos y fiestas de cumpleaños para ellas también, participando en desfiles, jugando a la cocinita, al cacao, a los yaces, al parqués, coleccionando los muñequitos del chavo,

atendiendo el almacén, viendo televisión a su lado y hasta preocupadas porque en cualquier momento la guerrilla se tomaría al pueblo.


Al crecer sufrí al imaginar que algún día dejaría  de existir. Ella, me demostró  un genuino y gran amor, me vio crecer y en los momentos más significativos de mi vida me acompañó.

Mayo, con sus historias de antaño me enseñó a valorar El Carmen de Bolívar, a la familia y de su mano aprendí que no existe amor más sagrado que el de mis padres, porque ella a sus padres también amó. Hoy al pensar en mi infancia, el viento me trajo el regocijo del pasado y un profundo sentimiento de gratitud por ese amor de vacaciones que su vida a mí dedicó. 


“Existen personas que mientras tú vives,

viven en ti, te alimentan, te dan vida,

ilusión, alegría, estímulo, te dan firmeza,

te dan base y te colman de amor”.

Emilio Lledo

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